Existen experiencias que, aunque transcurran en un corto periodo de tiempo, dejan una huella duradera en la manera en que entendemos nuestra profesión y nuestra relación con las personas. Mi participación como monitora en el campamento de verano dirigido a niños, niñas y adolescentes de la asociación Primera Prevención, celebrado en la playa, ha sido una de ellas. Lo que inicialmente concebía como una oportunidad para acompañar, dinamizar actividades y contribuir al bienestar del grupo, terminó convirtiéndose en un espacio de aprendizaje, reflexión y crecimiento personal y profesional.
A menudo se asocia un campamento de verano con el ocio, el descanso o el entretenimiento. Sin embargo, esta experiencia me permitió comprender que, cuando las actividades están diseñadas desde una intencionalidad educativa, el ocio se convierte en una herramienta de intervención socioeducativa. Cada juego, cada dinámica grupal, cada conversación espontánea o cada momento compartido en la playa representaban oportunidades para fortalecer habilidades sociales, fomentar la convivencia, desarrollar la autonomía y favorecer el bienestar emocional de los participantes.
El aprendizaje no surge de una actividad perfectamente planificada, sino de la capacidad de escuchar, acompañar, celebrar un pequeño logro o compartir una conversación al finalizar el día. Comprendí que acompañar implica mucho más que dirigir actividades: significa generar confianza, ofrecer seguridad y construir vínculos desde el respeto y la cercanía, manteniendo siempre una mirada profesional y ética.
Al finalizar el campamento, regresé con la satisfacción de haber contribuido a crear un espacio donde el juego, la convivencia y el afecto fueron herramientas educativas y de ocio, se convirtieron en un lugar seguro para los niños, niñas y adolescentes y para mi como monitora.
Angie Madrid, España 27.07.2026
