El 8 de julio comenzó mi voluntariado en Países Bajos y duró hasta el 11 de agosto, fue un mes intenso, lleno de aprendizajes, que se me pasó volando y que recordaré siempre.
Vivía en una pequeña casa en medio de uno de los paisajes más verdes y tranquilos que he visto nunca, rodeada de naturaleza y animales. Compartía el día a día con Sinan, de Turquía, y con Giacomo y Valentina, de Italia. Muy cerca vivía Biju, el responsable del proyecto, que nos acompañaba y estaba siempre pendiente de nosotros.

Las tareas que hacíamos eran variadas, y creo que precisamente por eso nunca caímos en la rutina. Una parte importante fue en un centro social para niños y jóvenes. El lugar era increíble: tenía salas de música, una mesa de billar, futbolín, dardos, cocina, incluso un espacio para kickboxing. Nuestro papel era estar allí, acompañar, proponer actividades y asegurarnos de que todo funcionara bien.
Un día hacíamos tortitas, otro preparábamos un picnic o cocinábamos juntos; a veces organizábamos juegos como escondite o pillapilla, otras veces tocábamos el piano, pintábamos, jugábamos al billar o al futbolín, hacíamos manualidades o simplemente charlábamos. Poco a poco nos fuimos ganando la confianza de los jóvenes y creamos un ambiente muy especial. Otra experiencia interesante fue colaborar en un curso europeo de comunicación al que asistían jóvenes de diferentes países. Allí mi trabajo era más logístico: preparar comidas, limpiar, organizar… pero en los ratos libres podía unirme a las sesiones, lo que me permitió aprender y conocer a gente muy interesante. También nos tocaba, de vez en cuando, dejar las instalaciones listas para los nuevos grupos que llegaban. Eran tareas sencillas, pero con las que podías sentir que eras útil y ayudabas.

Si el trabajo fue enriquecedor, el tiempo libre no lo fue menos. Nuestro coordinador, Biju, hizo que cada día libre se convirtiera en una aventura. No solo nos daba libertad y confianza, sino que nos llevaba a muchos viajes, nos dejaba el coche y nos contaba historias y detalles sobre la cultura del país. Gracias a él y a la buena conexión que hubo en el grupo, en pocas semanas conocí prácticamente todo Países Bajos. Cuando no hacíamos viajes, aprovechábamos para dar paseos en bici o caminatas por los alrededores, que eran impresionantemente verdes y preciosos.

De este voluntariado me llevo muchas cosas: haber mejorado mi inglés, haber conocido de cerca la cultura neerlandesa, haber visitado lugares preciosos, haber aprendido a adaptarme a situaciones nuevas y, sobre todo, haber conocido a personas increíbles de diferentes países.
Me siento muy agradecida por cada día que pasé allí, por las personas con las que compartí la experiencia y por todo lo que viví en tan poco tiempo. ¡Sin duda es una experiencia que recomiendo a cualquiera que esté pensando en hacerla, porque realmente merece la pena!
María



