Durante tres meses viví una experiencia transformadora en Şanlıurfa, una ciudad ubicada en el sureste de Turquía, como voluntario en un proyecto de la asociación GAP. Antes de partir, me informaron que trabajaría con niños refugiados, un ámbito en el que tengo experiencia y vocación. Sin embargo, al llegar, me asignaron a una guardería con niños turcos menores de seis años, lo que supuso un gran reto, especialmente por la barrera del idioma. Sin hablar turco, la comunicación con los niños era muy limitada, aunque logré enseñarles algunas palabras básicas en inglés. A pesar de las dificultades, esta experiencia me permitió desarrollar habilidades comunicativas y de adaptación en un entorno completamente nuevo.

Paralelamente, participé en un proyecto mucho más gratificante: un club de conversación en inglés para adultos. Este espacio se convirtió en un verdadero intercambio cultural y lingüístico, donde sentí que mi trabajo tenía un impacto positivo y tangible. Los participantes mostraban gran interés y motivación, lo que enriquecía cada sesión.
Uno de los aspectos más valiosos de esta experiencia fue la convivencia con otros voluntarios europeos y del Magreb. El ambiente en la casa era muy enriquecedor, lleno de aprendizajes interculturales y apoyo mutuo. La región de Şanlıurfa es profundamente tradicional, lo que representa un desafío para quienes no hablan árabe, kurdo o turco, pero también ofrece una belleza única y una inmersión cultural profunda. Para quienes se dedican a lo político o lo social, vivir en el Kurdistán turco es una experiencia especialmente interesante y formativa.
Durante mi estancia, también aproveché para conocer otras ciudades cercanas y visitar Estambul, que me fascinó por su historia, diversidad y energía. En conjunto, esta experiencia me permitió crecer personal y profesionalmente, y me dejó aprendizajes que llevaré conmigo en mi trayectoria futura.



