¡Buenas! Me llamo Elías.
Una pregunta, ¿alguna vez te ha resultado algo extraño utilizar lenguaje inclusivo? Y otra, ¿sientes que mucha información que recibes hoy en día es poco fiable? Y una última y te dejo respirar, ¿has pensado, aunque haya sido tan solo una vez, que apoyas algunas ideas pero que no sabrías muy bien cómo llevarlas a cabo?
Pues bueno, la semana pasada me acerqué un poco a las respuestas.
Desde el 26 de junio hasta el 3 de julio estuve en Donostia (un sitio precioso que pudimos ver muy poquito, ¡tocará volver!) en un Encuentro Nacional de Participación Juvenil. Se llama ParticipACTION. Y este evento con nombre raruno, ¿en qué ha consistido?
Básicamente, la razón de ser de este encuentro era juntar a personas jóvenes, técnicas y responsables de políticas públicas relacionadas con la participación juvenil. ¿Para qué? Bueno, ésta todavía sigo sin tenerla muy clara, porque han pasado tantas cosas que no podría quedarme con un motivo concreto. El “para qué” general era reflexionar y poner en común las distintas perspectivas que existen acerca del papel de la juventud en nuestra sociedad –europea– hoy en día. No obstante, ya que el encuentro era “nacional” (es decir, estábamos representadas todas las comunidades y ciudades autónomas) pues los temas se han centrado en el papel de la juventud española en Europa.
Y, ¿por qué ha merecido la pena invertir no sé cuánto dinero en este encuentro? Pues, por ti. Por mí. Y por todos mis compañeros, compañeras y compañeres. A mí también se me hace extraño hablar con la “e”, pero gracias a este encuentro he comprendido –personalmente– lo necesario que es que cada personita dé un poco de sí misma para que otras personitas tengan hueco en nuestra sociedad.
Más allá de transformarnos en puntos multiplicadores de información y participación juvenil europea, las conversaciones y dinámicas que se han dado en el Albergue del Monte Ulía han transformado –al menos en parte– mi forma de entender la realidad.
Como bien dije durante el encuentro, en un mundo sumido en la desinformación, el individualismo y la desconfianza, lo que más valor tiene es aprender a través de historias personales ajenas, poner en común y compartir. Compartir de verdad, “abriendo nuestros corazoncitos” como decía una compañera. Suena todo muy hippie, lo sé, lo triste es que en parte siento que nos hace falta ser un poco más hippies para volver a conectar, a hacer comunidad y –entonces– mejorar la sociedad.
Cuando volví a casa y le conté a mi madre algunas de las conversaciones grupales que tuvimos –gracias a las dinámicas de Ainhoa y de Jorge, los facilitadores de Kaebnai, la entidad local–, me dijo: “Oye pero y no crees que ha sido todo un poco terapia de grupo?” Y la respuesta es sí.
Me ha sanado conocer a gente tan diversa, tan diferente a mí. Verdaderamente, me ha dado esperanza en la “humanidad” (en nuestra sociedad por venir, al menos). Pero, sobre todo, me ha dado esperanza en mí mismo.
Compartir habitación con un concejal del PP y otro del PSOE, ambos andaluces, y con el murciano más gracioso que he conocido hasta ahora, me ha llenado el pecho; de risa, sí, pero más que nada de admiración.
Por otro lado, el haber tenido en el encuentro a personas tan dispuestas a compartir sus propias vivencias como medio de expresión y de enseñanza ha sido muy valioso para mí. Me llena de alegría admitir que nunca había conocido a una persona no binaria; me imagino que si para mí a veces no ha sido fácil modificar el género de mis palabras, para elle, ella o él, mucho menos lo habrá sido reivindicar su identidad.
Qué gracioso, por cierto, que al escribir “elle” el corrector me subraye la palabra en azul.
También me llena de alegría saber que ese espacio seguro del que tanto bromeamos se haya dado en un gran porcentaje –a mi modo de ver–; no me hacía a la idea de que tantas mujeres y niñas –y hombres y niños– son víctimas de situaciones abusivas machistas, ni de que a día de hoy sigue habiendo tanto racismo por el acento o la apariencia, ni de que escuchar a la otra persona podía ser tan sanador a la par que enriquecedor.
Para ir cerrando, que debes estar ya pensando en meterte a TikTok o Instagram, ya que leer no se lleva mucho hoy en día –me incluyo, no te juzgo–, quiero que te quedes con una cosita: yo antes me sentía muy incapaz de materializar mis ideas o mis –buenas– intenciones; este encuentro me ha enseñado que había un error de base en ese pensamiento.
Es en la gente donde está la fuerza, donde está la energía. Ese concepto abstracto y extraño que es la “participación juvenil” no quiere decir más que juntarse, debatir y escuchar para aprender. Abrir la mente y cambiar nuestra forma de pensar no es algo que pase así, espontáneamente; tenemos que forzarnos a ello, a salir del sitio en el que estemos para dejarnos descubrir.
Y ya no lo digo en sentido figurado, no. ¡Hay que salir de casa! Qué sano es viajar, ya sea a otro continente o a la ciudad de al lado. Y ya no tanto por la gente que conoces, sino por la persona en la que te conviertes, aunque sea por una semanita en Donosti.
Gracias, Erasmus +, por dejarme cambiar el mundo siendo hippie.
Gracias, a Kaebnai y a Europa Joven Madrid, por abrirme el mundo.

Elías Donosti, España 7.07.2026
