Muchas personas piensan que para vivir una experiencia de voluntariado es necesario alejarse de casa, viajar a otro país o trasladarse a una ciudad lejana. Sin embargo, este año he descubierto que no hace falta recorrer miles de kilómetros para vivir una experiencia que cambie tu forma de ver el mundo. A veces, las oportunidades más enriquecedoras están mucho más cerca de lo que imaginamos.
Este verano tuve la oportunidad de participar en un voluntariado in-country junto a la asociación Krecer, una asociación que considero parte de mi familia y en la que comparto valores, aprendizajes y experiencias con personas a las que quiero y respeto profundamente. Formar parte de este proyecto me permitió comprobar que el verdadero impacto del voluntariado no depende del lugar donde se realice, sino de las personas con las que se comparte y del compromiso que cada uno pone en ayudar a los demás.
Durante un mes convivimos y trabajamos en equipo con un mismo objetivo: crear un entorno seguro, divertido y enriquecedor para los niños y jóvenes que participaron en las actividades. Cada día suponía un nuevo reto y una nueva oportunidad para aprender. Descubrimos la importancia de la comunicación, la cooperación y la empatía, entendiendo que escuchar a los demás y comprender sus necesidades es tan importante como cualquier actividad que podamos organizar.
Uno de los aspectos más especiales de esta experiencia fue compartirla no solo con personas que ya conocía, sino también con voluntarias procedentes de distintos países de Europa. A pesar de las diferencias culturales o del idioma, conseguimos formar un equipo unido en el que todos aprendíamos unos de otros. Intercambiar ideas, costumbres y formas de entender el voluntariado enriqueció enormemente la experiencia y me permitió ampliar mi perspectiva sobre el trabajo social y la importancia de la cooperación internacional.
Sin embargo, lo que realmente hizo inolvidable este voluntariado fue el tiempo compartido con los chavales. Poder conocerlos, acompañarlos en su día a día y descubrir tanto sus fortalezas como sus momentos de mayor vulnerabilidad me enseñó mucho más de lo que esperaba. En muchas ocasiones fueron ellos quienes terminaron enseñándome valiosas lecciones sobre la vida, la resiliencia, la capacidad de disfrutar de las pequeñas cosas y la importancia de sentirse escuchado y acompañado. Comprendí que, en el voluntariado, el aprendizaje es siempre mutuo: mientras intentas aportar algo a los demás, ellos también dejan una huella profunda en ti.
Esta experiencia también me ayudó a crecer a nivel personal. Aprendí a adaptarme a situaciones nuevas, a resolver problemas de manera creativa, a asumir responsabilidades y a desenvolverme con mayor autonomía. Desarrollé habilidades como el liderazgo, la organización, el trabajo en equipo y la comunicación intercultural, competencias que no solo son útiles en el ámbito del voluntariado, sino también en el entorno académico y profesional.
Si alguien me preguntara si recomendaría realizar un voluntariado, ya sea dentro de su propio entorno o viajando a otro país, mi respuesta sería siempre la misma: sí, sin ninguna duda. Muchas veces el miedo a salir de nuestra zona de confort nos impide aprovechar oportunidades únicas. Sin embargo, la realidad es que estamos cambiando y creciendo constantemente, muchas veces sin darnos cuenta. El voluntariado nos invita precisamente a dar un paso más allá, a descubrir capacidades que desconocíamos y a enfrentarnos a nuevos retos con ilusión y confianza.
Además, el voluntariado tiene algo muy especial: las personas que conoces durante el camino. Tanto si realizas un proyecto cerca de casa como si decides viajar al extranjero, siempre encontrarás personas que compartirán contigo experiencias, emociones y aprendizajes que permanecerán en tu memoria durante mucho tiempo. Muchas de ellas acabarán ocupando un lugar importante en tu vida y se convertirán en un apoyo incluso después de que la experiencia haya terminado.
En definitiva, este voluntariado in-country me ha demostrado que no hace falta viajar lejos para vivir una experiencia transformadora. Lo verdaderamente importante no es la distancia recorrida, sino la actitud con la que decides implicarte, aprender y ayudar. Me llevo recuerdos inolvidables, amistades que conservaré con cariño y un crecimiento personal que seguirá acompañándome en el futuro. Sin duda, esta experiencia ha reforzado mi deseo de seguir participando en proyectos de voluntariado y de continuar descubriendo, a través del servicio a los demás, nuevas formas de crecer como persona y como profesional.
Egzona Madrid, España 30.07.2026
