Mi nombre es Lydia y tengo 25 años. El 4 de febrero comenzó una de las experiencias que, sin saberlo, iba a cambiar muchas cosas en mí. Cuando llegué lo hice con muchísima energía e ilusión, pero también con ese pequeño miedo y esa incertidumbre que aparecen cuando empiezas algo completamente nuevo, lejos de casa y sin saber exactamente qué te vas a encontrar. Con el paso de los días y de los meses, poco a poco, empecé a sentirme más cómoda en este lugar y a hacerlo mío.
Uno de los mayores obstáculos al principio fue el idioma. Me costaba abrirme con la gente y comenzar conversaciones por miedo a equivocarme, a decir algo mal o a no conseguir que me entendieran. Y esto fue todavía más difícil cuando empecé a trabajar con los niños, porque necesitaba comunicarme con ellos y acompañarlos en las actividades. Pero precisamente tener que hacerlo por mi cuenta fue lo que más me ayudó a aprender. Mi empeño por hacerme entender, intentarlo una y otra vez y no rendirme hizo que mi aprendizaje fuera mucho más rápido de lo que imaginaba. Y, sobre todo, tuve la suerte de encontrarme con personas locales que me ayudaron muchísimo y que tuvieron paciencia conmigo. Porque si algo he aprendido durante estos meses es que la mejor manera de aprender un idioma es hablarlo, escucharlo y atreverse a utilizarlo todos los días, incluso sabiendo que vas a equivocarte.
Durante este proyecto en Fonti San Lorenzo no solo he tenido la oportunidad de ser educadora. He podido hacer muchas actividades diversas: labores manuales como cortar el césped, tallar árboles, pintar, hacer pulseras, coser, como también, cocinar, trabajar con niños de diferentes edades, participar en eventos como staff, realizar caminatas con adolescentes, participar en los viernes de tándem siendo madre lengua de español y otros trabajos que iban surgiendo día a día. Y creo que precisamente esa variedad es una de las cosas que más me ha gustado de este proyecto. Cada día podía ser diferente al anterior y lo que me ha obligado a salir muchas veces de mi zona de confort y a realizar cosas que nunca pensé que acabaría haciendo a estas alturas de mi vida.
Otra de las cosas que este voluntariado me ha regalado, y que para mí ha sido imprescindible, ha sido la oportunidad de viajar y conocer diferentes regiones de Italia. He podido descubrir mucho más de este país y, cuanto más conozco, más ganas tengo de seguir descubriendo cada una de sus regiones, porque cada lugar tiene algo diferente que ofrecer. Y, por supuesto, el vivir cerca de la playa, ya que para alguien que viene de Madrid, poder pasar prácticamente todo el verano cerca del mar ha sido una de las grandes joyas de estos ocho meses. El mar representa para mí esa calma y tranquilidad que muchas veces necesito. Sentarme frente a el, desconectar y simplemente estar ahí se ha convertido en una de esas pequeñas cosas que voy a echar de menos.

Pero si tuviera que destacar qué ha hecho realmente especial este voluntariado, sin duda sería la gente. Porque durante estos meses he tenido la suerte de conocer a personas increíbles dentro y fuera de Recanati. Desde los abuelos con los que he jugado a la petanca y a las cartas, hasta los niños con los que he trabajado y jugado como educadora, las personas que me he encontrado por el camino y que nunca imaginé conocer, los antiguos voluntarios de otros años, los voluntarios con los que he compartido esta experiencia, con quienes he convivido, aprendido, reído y también compartido momentos difíciles, los educadores, que nunca he sentido como simples jefes, sino como personas cercanas que han estado ahí para acompañarme durante todo este proceso. Y todas aquellas personas que tuve la suerte de conocer gracias a las dos formaciones que he realizado durante el proyecto y que me regalaron encuentros y amistades que jamás habría imaginado antes de venir.
Y creo que es precisamente ahí donde te das cuenta de algo. Que estar lejos de casa no significa necesariamente estar lejos de todo lo que te hace sentir en casa. Porque a veces llegas a un lugar pensando que solo vas a estar unos meses y terminas encontrando personas, momentos y rincones que se quedan contigo para siempre. Después de estos ocho meses, me voy sabiendo que no solo he aprendido un idioma, trabajado con niños o conocido Italia. Me llevo una versión de mí misma que se atrevió a hacer cosas nuevas, a equivocarse, a comunicarse aunque no encontrara las palabras, a salir de su zona de confort y a confiar un poco más en sí misma. Y quizá eso sea lo más bonito que me llevo de esta experiencia: haber llegado a un lugar que al principio era completamente desconocido y terminar sintiendo que, de alguna manera, también se había convertido en hogar.
Lydia Recanati, Italia 22.09.2026
